lunes, 15 de abril de 2013

Él en el desierto (o Segunda nota para el hombre que vi en un sueño)


Desde aquí puedo verte como todas esas cosas
que aparecen cuando escribo.
Te veo como aquél tigre sin contorno que se fundió en la intensidad del sol poniente;
y como la serpiente que se desenrosca sueño afuera.
En tus manos resplandecen dos círculos dorados cuando te limpias la arena que las cubre
y una de tus pupilas tiene la forma de la hormiga que trepaba tu pierna y empujaste de prisa, asustado.
Me gusta que estés en el desierto porque no te recuerdo ni te invoco, sólo te imagino.
En el desierto siempre alumbra la primera luz y acaece la primera noche,
su vastedad conviene en que allí pase cualquier cosa:
de noche caminas en puntas de pie para evitar el veneno de los insectos
y estás más alto que cuando te fuiste, como la estatua negra de Pushkin o la de Peter Pan sobre las rocas.
Tu nariz está más pequeña y tus orejas largas e infladas, 
porque has empezado a respirar como los peces: escuchando todo.
Te das la vuelta y descubro algo que quizá sea culpa mía:
tu espalda está marcada por los golpes del viento 
que castiga a quien no le da la cara a lo real,
en la zona lumbar te ha marcado con números cuya cifra no sé contar.

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