Desde aquí puedo verte como todas esas cosas
que aparecen
cuando escribo.
Te veo como
aquél tigre sin contorno que se fundió en la intensidad del sol poniente;
y como la
serpiente que se desenrosca sueño afuera.
En tus manos
resplandecen dos círculos dorados cuando te limpias la arena que las cubre
y una de tus
pupilas tiene la forma de la hormiga que trepaba tu pierna y empujaste de
prisa, asustado.
Me gusta que
estés en el desierto porque no te recuerdo ni te invoco, sólo te imagino.
En el desierto
siempre alumbra la primera luz y acaece la primera noche,
su vastedad
conviene en que allí pase cualquier cosa:
de noche caminas
en puntas de pie para evitar el veneno de los insectos
y estás más alto
que cuando te fuiste, como la estatua negra de Pushkin o la de Peter Pan sobre
las rocas.
Tu nariz está
más pequeña y tus orejas largas e infladas,
porque has empezado a respirar como los peces: escuchando todo.
porque has empezado a respirar como los peces: escuchando todo.
Te das la vuelta
y descubro algo que quizá sea culpa mía:
tu espalda está
marcada por los golpes del viento
que castiga a quien no le da la cara a lo real,
que castiga a quien no le da la cara a lo real,
en la zona
lumbar te ha marcado con números cuya cifra no sé contar.

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