viernes, 9 de noviembre de 2018

La huésped, en su butaca



De la respiración y otros miedos como la vida se recuperó con la boca cerrada y la tráquea comprimida. Sin dejar entrar aire o alimento vivió desde pequeña hasta que se convirtió en el esqueleto de una mujer que aparentaba el futuro en el que su cuerpo era pasado (se veía como huesos excavados siglos después, empolvados y todo). Los niños y las niñas la adoraban y corrían a abrazarla cuando atravesaba el parque camino al mercado los domingos. “Astaba la calavara santada en sa bataca canda vana la marta y la daja: ¿calavara par cá astas tan flaca?" –Préguntale, pregúntale– se alentaban y entonces uno del grupo repetía la ronda con otra vocal: “Estebe le quelevere sentede en se beteque quende vene le merte e le deje: ¿quelevere per qué estés ten fleque?” Ella se moría de la risa, se arrodillaba muy despacio y los abrazaba uno tras otro mientras seguían cantando y recibiendo sus abrazos: “Istibi li kiliviri sintidi in si bitiki kindi vini li mirti y li diji: kiliviri, ¿pir quí istis tin fliki?"
Al principio las personas creyeron que la muerte vivía en el pueblo, en la casa número 11 de la calle México. Pero con el tiempo se dieron cuenta de que no podían conectarla con lo que ocurría allí, ni con las enfermedades (tanto las contagiosas como las no transmisibles), ni con los combates ni los robos armados ni con nada.
Nadie recordaba exactamente qué día había llegado, simplemente hubo un tiempo en que no vivía ahí y nadie la veía y otro tiempo en el que ya vivía ahí y todos la veían. En la casa numero 11 de la calle México vivieron Pablo y Julían a partir de la desaparición de Alicia. Una mañana  le quelevere vene y les deje que le alquilaran una habitación y ellos, que se sentían solos y tristes, le dijeron que viviera con ellos gratis. Se hicieron muy amigos aunque ella no comiera ni respirara
Hablaba y se reía y a veces le hacía cosquillas a Julián con sus dedos blancos, raquíticos. Al principio le dio susto pero por no hacerla sentir mal controló la imaginación, toleró los nervios y fue perdiendo el terror a sus manos. Fue ella quien le enseñó a Julián la ronda que se había difundido en el parque. Además, le contó que se la inventó su hermana para hacerla sentir mejor cuando volvía del colegio, porque sus compañeras rosadas o negras o robustas le daban pequeños empujones para ver si se desarmaba. En la clase de biología había un esqueleto llamado Teo y los matones de su escuela decían que habían visto a la maestra de biología desbaratarlo y rearmarlo pieza por pieza miles de veces y si no les hacía las tareas le pagarían a la maestra para que le hiciera lo mismo. Julián le dijo que en su clase también había un esqueleto pero sin nombre; la profesora dice que es un instrumento y los instrumentos no se nombran. La calavera le respondió que tuvo un violín llamado Medea y un espejo al que llamaba Lupe, o un reflejo al que llamaba Lupe, pero que era más espejo que otra cosa.
La vez que le dijo eso a Julián, Pablo oyó y sintió alivio. Le preocupaba que nunca se hubiera visto a sí misma y entrara en pánico o enloqueciera el día en que viera su reflejo. Pablo se sorprendió pensando en lo paradójico que sería si el susto de parecer una muerta la matara y por fin hiciera coincidir su apariencia con su estado; es decir, que el reflejo la pusiera en su lugar. Hizo un esfuerzo por distraerse y encarrilar las ideas por una vía luminosa. Por temporadas la apariencia di li kiliviri lo atormentaba, cuando empezó a envejecer y se examinaba el cuerpo sentía que se le estaba pegando su materialidad y no que su propio cuerpo estaba cambiando. Eso duró dos años y por dos años la odió.

Odió tenerla sentada a la mesa con ellos mientras comían y ella apretaba sus labios o se pinchaba la nariz porque a veces le parecía que la comida olía muy fuerte. Odiaba oírla subir las escaleras en la noche y bajar las escaleras en la mañana. Odiaba que saliera de casa y que los chicos la abrazaran y que colaborara con el mercado que no comía nunca y que ocupara espacio en un ecosistema del que no se beneficiaba y al que no contribuía respirando. Y odiaba que por encima de todas estas cosas pudiera hablar y estar viva. No como su esposa. En esos dos años Pablo tuvo la certeza de que ella nunca moriría, de que no estaba muerta ni lo había estado, pero también de que nunca había nacido. Por no haber sido transportada de la placenta a la Tierra es que no necesitaba nada, tenía que ser.

Por dos años Pablo se llenó de envidia y confusión hasta que tuvo un sueño que le permitió descifrar el entramado divino: en el sueño su esposa le decía que la huésped era el presagio de los destinos de todos los habitantes del pueblo. Como presagio, era una pariente lejana pero protegida de la muerte. A la mañana siguiente Pablo asumió su deteriorado cuerpo con dignidad y volvió a tratar a la huésped con cariño. Entendió que por eso tampoco le conocían o le habían dado un nombre, porque era un instrumento. La profe de Julián siempre sabía de lo que hablaba.

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